La Tekla Magazine (Marzo 2012)

El Profanador


Yo soy el ángel de la modernidad, el que te hizo dudar entre Dios y el diablo. El mismo que te susurra sobre la ciudad de Dios, pero también sobre un Apocalipsis esbozándose en el ocaso. El que mordisquea incansablemente aquí y allá, con dientes finos y aserrados, y muelas de gran tamaño, que cincelan piedra grande y chica a su paso. Yo soy el ángel de la modernidad, aquel que con la flama robada a los dioses multiplico sus ojos hasta el infinito. Mi sangre fluye en mis venas, venas que poco a poco se infiltran silenciosamente en cada uno de tus espacios. Al que conoces solo por mi centelleante armadura durante mi largo trotar; armadura de bronce, hierro, plástico y silicio. Yo soy el ángel de la modernidad. El mismo que te dio a Miguel Ángel y a Maquiavelo, y el mismo que te negó a Dios y luego a ti como ser humano. El ángel que te guió por medio de la evolución y el progreso. Yo soy el ángel de la modernidad, el constructor de tus sueños...

Despertó escuchando estas últimas palabras en su mente. Eran las seis y media de la tarde en el tren subterráneo, la tarde era un poco calurosa, aunque una pequeña llovizna refrescaba temporalmente el aire. Su mirada era guiada por el paisaje que asomaba a través de su ventana, un poco distraído empezó a notar que uno a uno los objetos aparecían seriados, en un estricto orden casi predecible. Los postes, los edificios, la gente, todos seguían un orden casi perfecto, casi armonioso, casi matemático. La misma melodía que hizo palpitar los ojos de Von Neumann. La misma melodía que te deja caminar paso por paso, que te permite leer una a una las palabras de una oración, esa misma melodía que te deja navegar página por página en la Web. ¿A qué estación estoy a punto de llegar? la verdad no importaban los nombres, de la anterior siempre seguirá la siguiente, y de ella la siguiente de la siguiente, una a una siempre es la misma secuencia, el mismo viaje siempre. Del ayer seguirá siempre un hoy, y del hoy un mañana, un mañana tan eternamente inalcanzable en el fin de los días. Y yo tan aquí, tan aprisionado y maniatado por una serie de signos tan ajenos como diabólicos., -seis, seis, seis,... -cuenta Mephisto hasta el infinito con la misma multiplicidad y artificialidad de los códigos de barras, de los plu’s y de los sku’s, de las arrobas y de los http’s, de los ceros y de los unos. Y yo tan aquí... me resigno al pensar... ¿Pero si no fuera así? Si se pudieran derribar los muros para poder volar libremente con nuestras propias alas. ¿Qué pasaría si se creara un lenguaje de programación que escapara del álgebra booleana y de lógica conductivista?, formas que solo aprisionan y enclaustran el pensamiento humano. Ningún lenguaje que permita a la persona mantenerse como unidad al momento de conectarse, solo la posibilidad de fluir libremente, fluir en cuerpo y mente por aquí y por allá. Todo un sin número de posibilidades que explorar, de sensaciones nunca antes percibidas. ¿Porqué conformarse con una sola y vieja garganta?, si de nuestros labios pueden salir un canto comparable al de miles de voces cantado al unísono. Canto no apto para mis antiguos oídos, oídos tan limitados y perezosos, aquellos mismos oídos de Hindemith que jamás pudieron comprender la melodía que existe en cada átomo de hidrogeno. ¿Y de mis ojos?... mis ojos tan cansados y torpes, los desecharía de inmediato si hubiese la posibilidad de ver cada objeto, cada persona, cada paisaje mil o un millón de veces al mismo tiempo. Palmo a palmo, centímetro a centímetro cada objeto seria más real, más táctil que nunca...

Al momento de llegar a la estación inmediatamente corrió hacia su pequeño departamento. Tres cuadras y media, lo recuerdo bien, como en otras ocasiones se enclaustro en esa pequeña habitación de menos de ocho por ocho. No me parecía una habitación muy reconfortable. Por el suelo serpenteaban cables y conexiones entre los múltiples aparatos que ornamentaban la habitación. Este hecho obligaba a caminar despacio y cuidadosamente al cruzar el cuarto. Gadgets, computadoras, ordenadores y teclados parecían estar creando una inconmensurable selva tan hermosa, como tan incomprensible. Todos estos aparatos guardaban prioridad que en segundo plano quedaban los otros objetos más comunes. Sin embargo en una esquina de la habitación se posaba un viejo librero tan repleto de libros, que cinco pilas de libros puestos en el suelo ordenaban aquellos que no tuvieron espacio. También había una pequeña cama, acomodada en el rincón más oscuro de la habitación, ornamentada en sus márgenes por pequeños montes de ropa. Varias prendas terminaron perdidas por varias semanas entre el nicho de la cama y la pared. Bajo la cama también asomaban dos pares de zapatos, y una vieja y empolvaba caja de cartón, en la cual conservaba varias copias de libros y artículos de revistas que en su debido tiempo ocuparon su interés, y que por hoy están en desuso. Existía también una pequeña mesa plegadiza, una solución temporal que poco a poco se volvió permanente. Sobre ella se posaban varios envases vacíos de desodorantes, lociones, talcos y cremas, acomodadas meticulosamente en un estricto orden matemático. Mientras los espacios vacíos eran ocupados por algunas monedas, baterías sin carga, lápices, recibos de transacciones en cajeros automáticos y algunos papeles donde se esbozaban apuntes rápidos. Apuntes que nunca dieron una solución definitiva ¿Cómo demostrar que una objeto en forma de dona converge en una esfera? ¿Cómo establecer un orden para los renuentes números primos? Todo quedo en proyecto... y poco a poco también en olvido.

Al tercer día después de haber pasado un mes completo pude verlo de nuevo, ya antes había probado sus factorías a cambio de un poco de dinero, pero esta vez no era un juego de realidad virtual o el hecho de haber entrado a información restringida del gobierno, escapes tan paganos y sacrílegos como puede ser el descender a las profundidades de nuestra ciudad, como puede ser el averno de Lilith, o las entrañas de Horeí, como puede ser el vientre de Eva. Yo los siento, están ahí… nunca se fueron. Están ahí, moviéndose, multiplicándose, devorándome, emergiendo… segundo a segundo, minuto a minuto, día tras día, están ahí. ¿Cómo puedo negarlos? Ellos solo están ahí. Y Víctor lo sabe, en sus ojos están sus palabras, sin embargo esta vez el solo se limito a decir:

- Víctor tiene la llave de todo, la droga de la droga, el escape del escape...-

- ¿La llave de todo?- respondí

- Así es, ya no más muros, ya no más si estás fuera o adentro. La habitación más lujosa podrás entrar sin problema, el tesoro más oculto y guardado podrás ver, inclusive las puertas del cielo no ofrecerán resistencia. Es solo cuestión de conectar para que la magia empiece... Ya no más dolor, ya no más recuerdos que preocupen y nublen tu mente... de un momento a otro empezaras a dejar todo esto... -dibujo una pequeña sonrisa en su cara- ¿sabes?, es como ver un partido de fútbol... ¿Te gusta el fútbol?...

- Si - Asenté con la cabeza mientras el preparaba las conexiones.

- La diferencia es que serás todos los jugadores, los del equipo local y los del visitante, el árbitro, el narrador... inclusive todos y cada uno de los espectadores... –decía forzadamente al batallar por enchufar un puerto y en poner sondas en mi cabeza- bueno... ya esta... ¿listo?

- listo – respondí,

- ¡encendido!

En ese instante cerré los ojos por miedo. No hubo nada, más que un pequeño zumbido que se empezó a escuchar muy levemente, zumbido que se confundía con los sonidos de los demás aparatos a mi alrededor. Por un momento empecé a pensar que esto no funcionaba, solo un truco, un engaño para espantarme y así ya no robarle más dinero al viejo. Sin embargo el zumbido cada vez se fue haciendo más claro, y el aire que pasaba entre mis dedos se hizo cada vez más intenso. Lo sentía recorrer por mi piel, dibujándola suavemente de alivio. Poro por poro lo sentía como si miles de orugas se pasearan muy lentamente por mi cuerpo, martilleando todo con sus diminutas patitas. Segundo a segundo empecé a sentir morir mi piel, segundo a segundo empecé a sentir como el frió metal del asiento quemaba está, segundo a segundo empecé a sentir como crecían infinitesimalmente cada uno de mis vellos. Y lentamente empecé a ver cómo me expandía. Poco a poco fui descubriendo el placer bacterial de comer y ser comido una y otra vez, tan eterno y bello parecía el tiempo. ¿Era yo o no era yo? ¿Dónde estoy? Quise abrir mis ojos pero no podía, sin embargo empezó a ser más clara la visión. Pero no eran mis ojos. Una serie de sonidos extraños y aletargados despertó mi mente. Sentía moverse tan lento todo, pero a la vez tan rápido. En ese momento había alcanzado a una pequeña mosca que se posaba en mi camisa. Mosca común, musca doméstica, mosca de cuatro semanas y dos días de vida, mosca que había entrado a la habitación de Víctor la noche anterior que olvido cerrar la ventana, mosca cuyo nacimiento se produjo en un lavabo dos pisos más abajo. Sentía el agitar de sus alas como si fueran las mías, el llevarse a la cabeza las patas delanteras para asearse sus grandes ojos (lo cual mejoro un poco mi visión), esas patas tan ásperas y batallosamente articuladas, con su par de uñas y cojinetes al extremo de cada una. La sentía palpar con su trompa la tela de mi camisa escudriñando cada monumental hebra para después comenzar a volar. El despegue fue lento pero con tal fuerza que parecía que las seis patas temieran al vació para comenzar un vuelo constante en una atmósfera tan densa como nunca antes la había sentido. Dibujando unos asimétricos triángulos el vuelo era en sí sencillo: recta, una abrupta vuelta a la izquierda, recta, vuelta a la izquierda, recta, vuelta a la izquierda Poco a poco la expansión continuaba cada vez acelerándose más y todo parecía una eternidad. Para ese entonces ya había alcanzado a una cucaracha que estaba poniendo sus huevecillos detrás de un monitor, y a la pobre planta que siempre se encontraba en la marquesina de la ventana. Cuando por fin alcancé a Víctor, fue cuando me di cuenta que para él solo habían pasado tres segundos desde el encendido de la máquina, y empecé a vivir todo lo que pasaba por su cabeza, sus recuerdos los sentía como si los hubiera tenido durante toda mi vida. Cuando termine de expandirme por toda la habitación yo ya vivía al mismo tiempo en Víctor, en la planta junto a la ventana, en cuarenta y siete cucarachas y en sus siete huevecillos de cucaracha recién puestos, en una ratón hembra y sus dos pequeñas crías, en nueve moscas y catorce gusanos de mosca que vivían bajo el lavabo, en una palomilla que estaba junto al foco, en trece grillos, en una pequeña araña de siete patas hospedada en la esquina del cuarto y en una infinidad de bacterias. Mas la expansión no termino ahí, continúo hacia los departamentos contiguos. Hacia la señora de al lado que discutía a gritos con su acompañante de cama, a la joven pareja que se despedía de beso mientras la mamá los espiaba por la mirilla de la puerta. Continuo también hacia los departamentos inferiores donde una joven ama de casa preparaba la comida mientras sus dos pequeños hijos correteaban por la pequeña sala y su hija estudiaba sola en su habitación, también hacia los superiores donde un gato se había colado por una ventana para deambular un rato por el departamento solo y vacío. La expansión no se contuvo al edificio, continuo afuera por todo el vecindario. Y yo me estaba convirtiendo cada vez más en el fantasma detrás de la máquina, esa máquina armoniosa con que soñaron los románticos, esa máquina universal con que soñó Copérnico, esa máquina perfecta que dibujó Euclides. Había pasado ya un minuto y continuaba expandiéndome en los límites de la ciudad, y todavía percibía un poco de mí, quise extender mi brazo, y una suave brisa sacudió a los árboles del lugar... Fue en ese momento justo cuando Víctor interrumpió todo y por fin desconecto la máquina. Abruptamente sentí a mi mente regresar a esa prisión llamada cuerpo, mientras un espasmo afirmaba la acción, barrotes de hueso con cerrojo de epitelio. Desde entonces no he visto a Víctor, desde entonces mi visión central pierde terreno ante mi visión periférica, sin embargo mi mente está más lúcida que nunca. Mientras que por las noches siento que escapo, abro los ojos y soy otra persona, dudo si es realidad o sueño. Efectos secundarios supongo, efectos que con el tiempo desaparecerán.

Días antes de su muerte me tope a Víctor nuevamente. Lo ví notablemente más delgado y con algunas escoriaciones en la piel. Un poco alterado compraba algo de despensa en el supermercado. Lo salude, pero él no perdió tiempo en saludarme…

- Me eh estado conectado todo este tiempo, una y otra vez. He logrado estar conectado un tiempo máximo de casi 15 horas seguidas.- Me murmuraba con voz muy baja, casi como si las palabras las dijera para sí mismo - La velocidad de expansión se incrementa exponencialmente conforme avanza el tiempo y en el vacio se incrementa aún más la velocidad … ¡La velocidad de expansión se incrementa exponencialmente conforme avanza el tiempo! ¡Al parecer no hay desaceleración de esta misma!

- ¿De qué hablas? ¿Hasta dónde te expandiste Víctor?

-Cálculo que 3 pársecs o más. ¡Puedes creerlo! He visto cosas inimaginables para los ojos humanos, tú lo sabes, tú has estado ahí, eh visto como funciona la máquina…

- ¿Tú máquina? – respondí,

-¡No, no, no, la ciudad! El hombre es solo un constructor de máquinas, de ciudades, las construye aquí y allá, del otro lado del mundo, termiteros hechos a la medida de la población. La verdadera criatura viva no es el ser humano, es la ciudad. Panal de concreto, marabunta de asfalto. No le creas a los filósofos y humanistas, nuestro único propósito en esta vida es construir ciudades por todo este planeta, y en un futuro fuera de esté.- Me decía notablemente nervioso – Ni siquiera podemos reclamar nuestra individualidad. ¿Ves aquella mujer?... En Ontario existe otra mujer que realiza sus mismas acciones con una hora de diferencia, replica fantasmal de alguien que se dice ser humano. Y por si fuera poco he visto seres desconocidos para la ciencia que nos susurran todo el tiempo, son invisibles ante nuestros ojos, no son humanos, ni animales, escapan con facilidad de la taxonomía y de cualquier nomenclatura. ¡Me exaspera esté cuerpo! Cada vez se vuelve más insoportable. ¡Como desearía arrancarme la piel en este momento…!

- ¿Te sientes bien? – le pregunté,

- Eso ya no es relevante, después de haber nacido y muerto cientos de veces, después de haber concebido y quitado la vida miles de veces. Alegría, miedo, amor, dolor, culpa, soledad, placer, todas las emociones las he experimentado una y otra vez, y siguen sintiéndose tan fuertes como la primera vez. Eh estado en el suelo más inhóspito, eh estado tocando las nubes sobre la montaña más alta, y me he sumergido en el más profundo y oscuro océano. También eh visto que te has conectado sin la máquina, lo que tú piensas que son sueños, no lo son mi amigo... Planeo conectarme más tiempo, llegar más lejos de donde la mirada se posa en el horizonte, donde los sueños de los astrónomos se posan, y más allá, recorrer esa maravillosa inmensidad del universo y viajar por un inconmensurable número de galaxias…

- ¿Estás loco? – le respondí exasperadamente, más no me quiso responder más…

Tras estas últimas palabras ya no volví a ver a Víctor, sin embargó en ocasiones abro los ojos y veo mundos extraños, tan lejanos e indescriptibles. Sé que son los ojos de Víctor, liberado de su cuerpo, liberado de su materia física, continua expandiéndose todavía después de la muerte. Esto lo eh contado varias veces a conocidos, nadie me cree, ¿qué más se puede esperar de la conciencia humana? Mientras un doctor me diagnostica esquizofrenia, recuerdo cierta leyenda. El doctor me pregunta cómo me siento, y vagamente le respondo diciendo:

- Hace mucho tiempo en China, había un hombre que escalaba montañas muy altas. Pero nadie había visto esas montañas, así que no podían imaginarse cuán sorprendentes eran. Así que el hombre continuó escalando montañas más y más altas, día tras día. Pero sin poder hacer saber a la gente lo increíbles que eran, el hombre se volvió ermitaño y comenzó a vivir en las montañas.



Samuel Ayala Lozano.

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• Marzo 2012, "El Profanador", La Tekla Magazine Edición Marzo 2012, p. 57-62, Marzo 2012.

























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